EL USO DEL CLERÉN EN LA REGIÓN FRONTERIZA

Por Rafael E. Caamaño Castillo. 
     COMENDADOR, ELÍAS PIÑA 22 de junio 2019. El estado de abandono y calamidad que ha sido una constante en los pueblos, aldeas y villorrios ubicados en la región fronteriza. Ha servido a sus habitantes para justificar la búsqueda de la subsistencia, sin importar si con ellos violan preceptos legales establecidos o exponen sus vidas enfrentando los supuestos mecanismos de control fronterizo.

     Los riesgos que acarrean tienen poca importancia, a la hora en que se requiere solucionar el hambre, los problemas de salud, las responsabilidades del hogar y la demanda creciente en una sociedad, que si bien no aporta soluciones, exige constantemente y en grado extremo.
     Durante la férrea Dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina comprendida entre los años de 1930 hasta 1961, en que el pueblo puso fin a una dictadura represiva en grado extremo, sanguinaria, y donde los excesos fueron una constante.
     Sin excepción, en todas las provincias que constituyen la denominada zona limítrofe con Haití, los asesinatos y barbaries cometidos por los sicarios del régimen, en contra de infelices ciudadanos que compraban Clerén a los haitianos para luego revender en territorio dominicano y obtener el sustento diario para sus familiares.
     Es así como un producto casero, sin ningún tipo de control sanitario, elaborado rústicamente, teniendo como materia prima la caña de azúcar. De la noche a la mañana se convirtió en el medio vivendi de familas honorables, que preferían la muerte en mano del Hitler de la frontera, el General José María Alcántara; el mismo que convirtió al Sisal de Azua en un cementerio, para no robar o ver perecer los hijos por el injustificado abandono de Gobiernos y de un Estado complaciente y encubridor de las fechorías de corruptos enquistados en una pirámide social invertida. Ancho para unos pocos y estrecho para las mayorías.
     Resulta lastimero, que ahora cuando resultan incontables las muertes por consumo de un Clerén adulterado con el uso de Etanol y un polvo blanco de extraña procedencia, las ineficaces autoridades de República Dominicana, cual si fueran un Colón del Siglo XXI quieran descubrir lo que ya es viejo.
Desde tiempos inmemoriales los muertos por consumo de Clerén suman miles. Unos por los abusos de la maquinaria represiva Trujillo-Balaguer; otros por el hambre y las frustraciones existentes en una región carente de empleos y planes para un desarrollo armónico y sostenible, a no ser las dadivas con los cuales se pretende enclaustrar los fronterizos para ser devorados por la legendaria serpiente de la siete cabezas y que son enviadas por el Gobierno en manos de políticos inescrupulosos, que reparten unos pocos y se roban las demás.
     Ha pasado el tiempo de aquellos hechos de una gravedad extrema. Y aún la ciudadanía no conoce de los resultados de las investigaciones el número de muertos actuales y por venir. Encierra además, la necesidad del que el Estado Dominicano investigue y descubra por los medios de que dispone, quien o quienes fueron los autores de este hecho macabro, con que propósito lo hicieron y de donde procede la disposición.
     Pero no solo es investigar, al gobierno y al Estado compete aportar soluciones: Con la adopción del modelo económico de la globalización en que la República Dominicana depende del Turismo, Zona Franca u las Remesas que envían nuestros conciudadanos en el exterior. Se dejo atrás las inversiones del Estado para el incremento de la producción agropecuaria; decisión esta que ha estimulado el éxodo del campesino dominicano del campo hacia las ciudades y el consiguiente remplazo por un haitiano con sus taras de enfermedades infecto contagiosas, sus ritos y costumbres, su condición de hombre prolífero y su cultura de tala y quema de nuestros exiguos bosques.
     Probablemente el Gobierno, crea que aporta soluciones al problema mediante decisiones que se efectúan por medio de las visitas sorpresas. Sin ánimo de restarle méritos a estas actividades hay que coaligar que esto representa un simple paliativo, insuficiente cuando se trata de resolver el abandono generalizado del campo dominicano, especialmente en la zona fronteriza, donde por razón del todo conocida, impera una pobreza extrema al que solo el incremento de la producción agropecuaria y la participación eficaz del hasta ahora burocrático Ministerio de Agricultura, aportando roturación de terrenos, créditos blandos, distribución de materiales agrícolas y brindando el asesoramiento técnico, puede constituir un respiro y la tabla de salvación del campesino de la frontera.
     A veces los dominicanos somos ilusos y creemos en la buena fe. Por este comportamiento se nos suele agarrar desprevenidos o como dice el refrán popular “Asando batata”.

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